Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos.
Quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quién deja escapar un posible amor, con tal de no hacer el esfuerzo de hacer que éste crezca.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en si mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar. Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente, quien abandonando un proyecto antes de empezarlo, el que no pregunta acerca de un asunto que desconoce o no responde cuando le indagan sobre algo que sabe.
Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar. Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.
Había una vez un derviche que era muy sabio y que vagaba de pueblo en pueblo pidiendo limosna y repartiendo conocimientos en las plazas y los mercados del reino.
Un día, en UQ-far se le acerca un hombre y le dice:
-Anoche estuvo con un mago muy poderoso, y él me dijo que venga hoy aquí, a esta plaza. Y me aseguró que me iba a encontrar con un hombre pidiendo limosna. Y que ese hombre me iba a dar un tesoro que iba a cambiar mi vida para siempre. Así que cuando te vi me di cuenta de que tú eras el hombre, dame mi tesoro.
El derviche lo mira en silencio y mete la mano en una bolsa de cuero raído que trae colgando del hombro.
-Debe ser esto- le dice
Y le acerca un diamante enorme.
El otro se asombra.
-Pero esta piedra debe de tener un valor increíble.
-¿ Sí? Puede ser, la encontré en el bosque.
-Bueno, y cuánto te tengo que dar por ella.
-Nada. ¿Te sirve para algo? A mí no me sirve para nada, no la necesito, llévatela.
-¿pero me la vas a dar así? ¿ a cambio de nada?
-sí.... si. ¿ no es lo que tu mago dijo?
-¡ah’! Claro. Esto es lo que el mago decía, gracias.
Y el hombre agarra la piedra y se va.
Media hora más tarde vuelve.
Busca al derviche hasta que lo encuentra y le dice:
-Tomo tu piedra.
-¿ qué pasa?- pregunta el derviche
-Dame el tesoro- dice el hombre.
-NO tengo nada más para darte- dice el derviche.
-Dame la manera de poder deshacerte de esto sin que te moleste.